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Cuando silban las balas, y los hombres caen como espigas sobre el campo del honor; cuando cada detonación que suena deja á una madre sin hijo, á un hijo huérfano, á una esposa viuda ó á un hermano sin hermano..., él luce en la punta de una bayoneta en señal de parlamento, y la naturaleza respira alborozada, como cuando sale el sol, después de la tempestad.
Que el pañuelo, aunque sea blanco, tiene las propiedades del arco-iris.
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Pero vamos á otra cosa.
Yo he visto á una niña de diez y siete años pasar horas y horas doblada sobre un bastidor, bordando cierto nombre en el pico de un pañuelo...
Según me contaron, al otro día partía su amante para la Universidad... ó para otra parte...; que no todo se ha de decir.
¿Qué pensaba la niña cada vez que añadía un rasgo á aquellos adorados caracteres?
¡Cuántas historias, cuántos castillos en el aire fundaría sobre cada letra! ¡Cuántos recaditos, cuántos encargos daría á cada punto! ¡Qué ventura para la niña! ¡Pronunciar de una vez para siempre el nombre del dueño de su alma; esculpirlo, grabarlo, eternizarlo...!—¡Quizás era aquella la primera y última carta de amor que le escribía!
Los amantes de la Arcadia dejaban su nombre escrito en la corteza de los árboles...; pero aquellos alcornoques crecían tanto con el tiempo que la inscripción se borraba...—¡En cambio, un pañuelo dura miles de años!