¡Dichoso mortal el que recibiera el bordado por la niña! ¿Qué le importarían ya el olvido y la inconstancia?... Aquel pañuelo podrá acreditarle eternamente que hubo un día en que fué idolatrado; ¡el día en que la niña levantó aquel monumento á la gloria de su amor!

¡Bienaventuradas las niñas que han amado siquiera una hora, porque ellas han visto el reino de los cielos!

Y ¡ay tristes de los maridos de esas niñas, si esas niñas llegan á casarse con hombre á quien no hayan bordado ningún pañuelo!

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¡Pues nada os digo de la consolación que nos brinda el mouchoir cuando la ira ruge en nuestro pecho y las lágrimas se niegan á acudir á nuestros ojos!

¡Dulce es entonces despedazarlo con uñas y dientes, cebar en él toda nuestra furia, maltratarlo sin piedad..., y echarlo de menos al cabo de un momento, cuando el achaque nasal viene á decirnos: ¡aquí estoy!

¡Y, áun entonces, veréis que, abofeteado y todo como se halla, presenta la otra mejilla á vuestros ultrajes!

¡No son tan mansos los poseedores de pañuelos! Los maltratamos hoy sin razón; los buscamos mañana para servirnos de ellos, y nos repiten aquel siniestro cantar:

Cuando quise, no quisiste;
ahora que quieres, no quiero...

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