Por lo demás, hay diputado que no hilaría tres palabras seguidas, si no tuviese un pañuelo en la mano; cosa que sucedía también antiguamente á los aficionados que declamaban en los bailes.

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Paso por lo alto la tos, el estornudo y el bostezo, en que tan indispensable es nuestro protagonista, y entro á hablaros de varios pañuelos en particular.

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Sé de quien posee el pañuelo que le echaron encima al tiempo de nacer.

Y de quien conserva otro, empapado en el último sudor de una virgen que murió amándole.

He visto á miles de caballos caminar tranquilos hacia la muerte, en las plazas de toros, sólo porque llevaban sobre los ojos un pañuelo.

Fiel imagen de los enamorados, que, como todos sabemos, llevan también una venda sobre los ojos...

¡Morituri te salutant! pudieran exclamar unos y otros héroes, dirigiéndose al Presidente de la plaza ó al Cura de la parroquia.

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