Y ahora que hablo de vendas:

¡Dulce es entrar, vendado con un pañuelo por dueña quintañona, en tal ó cual torre, aunque no sea de Nesle, donde nos aguarde alguna Margarita de Borgoña, de Fernández, ó de Martínez!

¡Dulce es también jugar á gallina-ciega con muchachas de quince á veinte!

¡Dulce es, á los diez y ocho años, teñir un pañuelo con sangre de las encías, y creerse traviato, digo, tísico!

¡Dulce es, sobre todo, cuando se encuentra uno solo en el campo, cansado de perseguir mariposas, en el mes de Julio, á la hora de la siesta, tenderse sobre un haz de espigas y sentir que un pañuelo pasa por nuestra frente y nos enjuga el sudor!

Pues ¿y prestarlo á una señorita á la salida de un baile, para que preserve su encantadora cabeza del húmedo relente de la noche?

¿Y regalarlo lleno de confites, el día de San Antonio Abad, á una aldeana inocente, de esas que se ponen coloradas sin saber por qué?

¿Y atarlo á una reja...?

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Pero este artículo sería interminable si me detuviera á enumerar todos los méritos y servicios de ese nuestro camarada de glorias y fatigas.