Y el que cela vuestra sonrisa burlona...

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Y, finalmente, pensad en una despedida eterna; en una de esas separaciones que mutilan el alma, que acaban con unos amores, que tuercen en sentido contrario el rumbo paralelo de dos existencias: pensad en el relój que suena como la campana de agonía; en el silencio de los dos condenados, que, careciendo de tiempo para decirse todo lo que sienten, no quieren ofender su mutua desesperación diciendo demasiado poco: pensad en la mirada intensa, profunda, atónita, desconsolada, que dirigís por última vez á la persona querida; en el ronco ¡adios! que abre un abismo entre vosotros; en el postrer apretón de manos que consagra el pacto de vuestra eterna desdicha.

Ya os habéis separado, y aún tendéis los brazos el uno hacia el otro para acortar así la distancia que media entre lo pasado y el porvenir...

Surca las ondas el barco que os arrebata vuestro bien, vuestro tesoro, vuestra delicia...

El adios hablado se pierde ya en el aire, sin llegar á los oidos...

Las oscilaciones de las olas rompen la cadena magnética de las miradas...

¡Ya no distinguís el rostro que habéis contemplado tantas y tantas horas!

Ya confundís el contorno de su adorado cuerpo con los objetos que la rodean...

Ya la creéis perdida... ¡perdida para siempre!...