Ver entrar en el puerto barcos de todos los países...
O despedirlos cuando desaparecían hacia el Estrecho de Gibraltar, hacia América!...
Seguir de noche la rotación del Faro y sus reverberaciones en el agua:
Oir el canto del marinero y del pescador:
Contemplar la capital iluminada en medio de las tinieblas, como un ancho túmulo en una catedral sombría:
Escuchar el rugido ó el llanto de las olas, el zumbido de la población despierta y la respiración de la población dormida, el alerta de los centinelas, el canto de las aves, el repique de júbilo de las campanas ó su toque de agonía:
Y, por último, ver á los hombres caminar incesantemente, como hormigas, desde Málaga hacia aquel otro pueblecito de mármol que está detrás de la ciudad,—el Cementerio—, y pensar en que mi pensamiento era más ancho que aquel horizonte y que aquellas estrechas vidas de la capital; más ancho que el tiempo y que la distancia; tan inconmensurable como el cielo que nos envolvía á mí y á la Tierra en su ilimitado manto azul...
II.
Hallábame, pues, aquella mañana en la tal Batería, viendo con el anteojo á las lindas malagueñas que se creían más solas y menos observadas en sus gabinetes, patios ó azoteas, y saludando á mis amigos con tal ó cual toque de corneta, cuando, en un momento de descanso, distinguí á la simple vista..., allá, en la orilla del Guadalmedina, junto á una solitaria torre..., un numeroso grupo de gente, enmedio del cual brillaban algunas armas.
Puse hacia allí la dirección del anteojo, y ví un gran cuadro de tropa, fuera del cual se agitaba mucha gente.