—¡Algo muy horrible!

IV.

Algunos minutos después salió de la ciudad y dirigióse hacia el cuadro, entre otra gran masa de gente, el esperado lúgubre cortejo.

Componíanlo un hombre, que llevaba un estandarte morado; diez ó doce guardias civiles; unas veinte personas vestidas de frac (hermanos de la Paz y Caridad, sin duda); cuatro clérigos, y un soldado raso.

Un soldado (yo lo veía entonces por detrás) de mediana estatura, enjuto de carnes, con el hueso occipital estrecho y alto (señal de estupidez), el pelo lacio, negro, lustroso, las orejas pequeñas y muy encarnadas, y el cuello delgado, moreno, erguido, amoratado por la fiebre.

Vestía el tosco capote del soldado de infantería; pero suelto, desceñido..., innoble, y una gorrilla de cuartel cubría su cabeza.

Aquel degradante negligé era espantoso.

Llevaba atadas las manos, cruzadas sobre la espalda.

Un carabinero asía la punta de la cuerda.

Carabinero debía de ser también el reo; pues en todo el aparato de la ceremonia descollaban los uniformes de color de castaña.