Quince días después del entierro de doña Teresa Carrillo de Albornoz, a eso de las once de una espléndida mañana del mes de las flores, víspera o antevíspera de San Isidro, nuestro amigo el Capitán Veneno se paseaba muy de prisa por la sala principal de la casa mortuoria, apoyado en dos hermosas y desiguales muletas[255] de ébano y plata, regalo del marqués de los Tomillares; y aunque el mimado convaleciente estaba allí solo, y no había nadie ni en el gabinete ni en la alcoba, hablaba de vez en cuando a media voz, con la rabia y desabrimiento de costumbre.

—¡Nada! ¡Nada!... ¡Está visto!—exclamó por último, parándose en mitad de la habitación.—¡La cosa no tiene remedio! ¡Ando perfectísimamente! ¡Y hasta creo que andaría mejor sin estos palitroques! Es decir, que ya puedo marcharme a mi casa...

Aquí lanzó un gran resoplido,[256] como si suspirase a su manera, y murmuró cambiando de tono:

¡Puedo! ¡He dicho puedo!... ¿Qué es poder? Antes pensaba yo que el hombre podía hacer todo lo que quería, y ahora veo que ni tan siquiera puede querer lo que le acomoda... ¡Pícaras mujeres![257] ¡Bien me lo había yo temido desde que nací! ¡Y bien me lo figuré en cuanto me vi rodeado de faldas la noche del 26 de Marzo! ¡Inútil fue tu precaución, padre mío, de hacerme amamantar por una cabra! ¡Al cabo de los años mil,[258] he venido a caer en manos de estas sayonas que te obligaron a suicidarte!... Pero ¡ah!, ¡yo me escaparé, aunque me deje el corazón en sus uñas!

En seguida miró el reloj, suspiró de nuevo, y dijo muy quedamente, como reservándose de sí propio:

—¡Las once y cuarto, y todavía no la he visto, aunque estoy levantado[259] desde las seis!... ¡Qué tiempos aquellos en que me traía el chocolate y jugábamos al tute! Ahora siempre que llamo, entra la gallega... ¡Reventada[260] sea "tan digna servidora", que diría el necio de mi primo! Pero, en cambio, luego darán las doce, y me avisarán que está el almuerzo... Iré al comedor, y me encontraré allí con una estatua vestida de luto, que ni habla, ni ríe, ni llora, ni come, ni bebe, ni sabe nada de lo que ocurre, nada de lo que su madre me contó aquella noche, nada de lo que va a suceder, si Dios no lo remedia... ¡Cree la muy orgullosa que está en su casa, y todo su afán es que acabe de ponerme bueno y me marche, para que mi compañía no la desdore en la opinión de las gentes! ¡Infeliz! ¿Cómo sacarla de su error? ¿Cómo decirle que la tengo engañada; que su madre no me entregó ningún dinero; que, desde hace quince días, todo lo que se gasta acá sale de mi propio bolsillo?—¡Ah! ¡Eso nunca! ¡Primero me dejo matar que decirle tal cosa!—Pero ¿qué hago? ¿Cómo no darle, antes o después, cuentas verdaderas o fingidas? ¿Cómo seguir así indefinidamente?—¡Ella no lo consentirá! ¡Ella me llamará a capítulo cuando gradúe que debe de habérseme acabado lo que suponga que poseía su madre, y entonces se armará en esta casa la de Dios es Cristo![261]

Por aquí iba en sus pensamientos don Jorge de Córdoba, cuando sonaron unos golpecitos en la puerta principal de la sala, seguidos de estas palabras de Angustias:

—¿Se puede entrar?[262]

—¡Entre usted con cinco mil[263] de a caballo!—gritó el Capitán, loco de alegría, corriendo a abrir la puerta y olvidando todas sus alarmas y reflexiones.—¡Ya era tiempo de que me hiciese usted una visita como antiguamente!—¡Aquí tiene usted al oso enjaulado y aburrido, deseando tener con quien pelear! ¿Quiere usted que echemos una mano al tute? Pero... ¿qué pasa? ¿Por qué me mira usted con esos ojos?

—Sentémonos[264] y hablemos, Capitán...—dijo gravemente Angustias, cuyo hechicero rostro, pálido como la cera, expresaba la más honda emoción.