Don Jorge se retorció los bigotes, según hacía siempre que barruntaba tempestad, y sentose en el filo de una butaca, mirando a un lado y otro con aire y desasosiego de reo en capilla.

La joven tomó asiento muy cerca de él; reflexionó unos instantes, o bien reunió fuerzas para la ya presentida borrasca, y expuso al fin con imponderable dulzura:

II

BATALLA CAMPAL[265]

—Señor de Córdoba: la mañana en que murió mi bendita madre, y cuando, cediendo a ruegos de usted, me retiraba a mi aposento, después de haberla amortajado, por haberse empeñado usted[266] en quedarse solo a velarla, con una piedad y una veneración que no olvidaré jamás...

—¡Vamos, vamos, Angustias!...—¿Quién dijo miedo?—¡Cara feroz al enemigo!—¡Tenga usted valor para sobreponerse a esas cosas!

—Sabe usted que no me ha faltado hasta hoy...—respondió la joven con mayor calma.—Pero no se trata ahora de esta pena, con la cual vivo y viviré perpetuamente en santa paz, y a cuyo dulce tormento no renunciaría por nada del mundo... Se trata de contrariedades de otra índole, en que por fortuna caben alteraciones, y que van a tener en seguida total remedio...

—¡Quiéralo Dios!—rezó el capitán, viendo cada vez más cerca el nublado.

—Decía...—continuó Angustias—que aquella mañana me habló usted, sobre poco más o menos, así: "Hija mía..."

—¡Hombre![267] ¡Qué cosas dice uno! ¡Yo la llamé a usted "hija mía"!