—Déjame proseguir, señor don Jorge. "Hija mía...—exclamó usted con una voz que me llegó al alma:—en nada tiene usted que pensar por ahora más que en llorar y en pedir a Dios por su madre... Sabe usted que he asistido a tan santa mujer en sus últimos momentos... Con este motivo, me ha[268] enterado de todos sus asuntos y hecho entrega del dinero que poseía, para que yo corra con entierro, lutos y demás, como tutor de usted, que me ha nombrado privadamente, y para librarla de cuidados en los primeros días de su dolor... Cuando se tranquilice usted, ajustaremos cuentas..."
—¿Y qué?—interrumpió el Capitán, frunciendo muchísimo el entrecejo, como si, a fuerza de parecer terrible, quisiese cambiar la efectividad de las cosas.—¿No he cumplido bien[269] tales encargos? ¿He hecho alguna locura? ¿Cree usted que he despilfarrado su herencia?... ¿No era justo costear entierro mayor a aquella ilustre señora? O ¿acaso le ha referido a usted ya algún chismoso que le he puesto en la sepultura una gran lápida con sus títulos de Generala y de Condesa? Pues lo[270] de la lápida ha sido capricho mío personal, y tenía pensado rogar a usted que me permitiera pagarla de mi dinero! ¡No he podido resistir a la tentación de proporcionar a mi noble amiga el gusto y la gala de usar entre los muertos los dictados que no le permitieron llevar los vivos!
—Ignoraba lo de la lápida...—profirió Angustias con religiosa gratitud, cogiendo y estrechando una mano de don Jorge, a pesar de los esfuerzos que hizo éste por retirarla.—¡Dios se lo pague a usted!—¡Acepto ese regalo, en nombre de mi pobre madre y en el mío!—Pero, aun así y todo, ha hecho usted muy mal, sumamente mal, en engañarme respecto de otros puntos; y, si antes me hubiera enterado de ello, antes habría venido a pedirle a usted cuentas.
—¿Y podrá saberse, mi querida señorita, en qué la he engañado a usted?—se atrevió todavía a preguntar D. Jorge, no concibiendo que Angustias supiese cosas que sólo a él, y momentos antes de expirar, había referido doña Teresa.
—Me engañó usted aquella triste mañana...—respondió severamente la joven,—al decirme que mi madre le había entregado no sé qué cantidad...
—¿Y en qué se funda vuestra señoría para desmentir con esa frescura a todo un Capitán de ejército, a un hombre honrado, a una persona mayor?—gritó con fingida vehemencia D. Jorge, procurando meter la cosa a barato y armar camorra para salir de aquel mal negocio.
—Me fundo—respondió Angustias sosegadamente—en la seguridad, adquirida después, de que mi madre no tenía ningún dinero cuando cayó en cama.
—¿Cómo que no?[271] ¡Estas chiquillas[272] se lo quieren saber todo! ¿Pues ignora usted que doña Teresa acababa de enajenar una joya de muchísimo mérito?...
—Sí... sí... ¡ya sé!... Una gargantilla de perlas con broches de brillantes..., por la cual le dieron quinientos duros...
—¡Justamente! ¡Una gargantilla de perlas... como nueces, de cuyo importe nos queda todavía mucho oro que ir gastando!... ¿Quiere usted que se lo entregue ahora mismo? ¿Desea usted encargarse ya de la administración de su hacienda? ¿Tal mal le va con mi tutoría?