—¡Qué bueno es usted, Capitán!... Pero ¡que imprudente a la vez!—repuso la joven.—Lea usted esta carta, que acabo de recibir, y verá dónde estaban los quinientos duros desde la tarde en que mi madre cayó herida de muerte...

El Capitán se puso más colorado que una amapola; pero aun sacó fuerzas de flaqueza, y exclamó, echándola[273] de muy furioso...

—¡Conque es decir que yo miento! ¡Conque un papelucho merece más crédito que yo! ¡Conque de nada me sirve toda una vida de formalidad, en que he tenido palabra de rey!

—Le sirve a usted, señor D. Jorge, para que yo le agradezca más y más el que,[274] por mí, y sólo por mí, haya faltado esta vez a esa buena costumbre...

—¡Veamos qué dice la carta!—replicó el Capitán, por ver si hallaba en ella medio de cohonestar la situación.—¡Probablemente será alguna pamplina!

La carta era del abogado o asesor de la difunta Generala, y decía así:

"Señorita Doña Angustias Barbastro.

"Muy señora mía y estimada amiga:

"Acabo de recibir extraoficialmente la triste noticia del óbito de su señora madre (Q. S. G. H.)[275], y acompaño a usted en su legítimo sentimiento, deseándole fuerzas físicas y morales para sufrir tan inapelable y rudo golpe de la Superioridad[276] que regula los destinos humanos.

"Dicho esto,[277] que no es fórmula oratoria de cortesía, sino expresión del antiguo y alegado afecto que le profesa mi alma, tengo que cumplir con usted otro deber sagrado, cuyo tenor es el siguiente: