"El procurador o agente de negocios de su difunta madre, al notificarme hoy la penosa nueva, me ha dicho que, cuando, hace dos semanas, fue a poner en su conocimiento la desfavorable resolución del expediente de la viudedad, y a presentarle las notas de nuestros honorarios, tuvo ocasión de comprender que la señora poseía apenas el dinero suficiente para satisfacerlos,[278] como por desventura los satisfizo en el acto, con un apresuramiento[279] en que creí ver nuevas señales del amargo desvío que ya me había usted demostrado con anterioridad...
"Ahora bien, mi querida Angustias: atorméntame mucho la idea de si estará usted pasando apuros y molestias en tan agravantes circunstancias, por la exagerada presteza con que su mamá me hizo efectiva aquella suma (reducido precio de las seis solicitudes, cuyo borrador le escribí y hasta copié en limpio), y pido a usted su consentimiento previo para devolver el dinero, y aun para agregar todo lo demás que usted necesite y yo posea.
"No es culpa mía si no tengo personalidad suficiente ni otros títulos que un amor tan grande como sin correspondencia, al hacer a usted semejante ofrecimiento, que le suplico acepte, en debida forma, de su apasionado y buen amigo, atento y seguro servidor, que besa sus pies,
"Tadeo Jacinto de Pajares."
—¡Mire usted aquí un abogado a quien yo le voy a cortar el pescuezo!—exclamó D. Jorge, levantando la carta sobre su cabeza.—¡Habrá infame! ¡Habrá judío![280] ¡Habrá canalla!... Asesina a la buena señora hablándole de insolvencia, y de ejecución, al pedirle los honorarios, para ver si la obligaba a darle la mano de usted; y ahora quiere comprar esa misma mano con el dinero que le sacó por haber perdido el asunto de la viudedad... ¡Nada, nada! ¡Corro en su busca! ¡A ver![281] ¡Alárgueme usted esas muletas!—¡Rosa! ¡mi sombrero!... (Es decir: ve a mi casa y di que te lo den.) O si no, tráeme (que ahí estará en la alcoba) mi gorra de cuartel... ¡y el sable!—Pero no... ¡no traigas el sable! ¡Con las muletas me basta y sobra para romperle la cabeza!
—Márchate, Rosa..., y no hagas caso; que éstas son chanzas del Sr. D. Jorge...—expusó Angustias, haciendo pedazos la carta.—Y usted Capitán, siéntese y óigame...—se lo suplico.—Yo desprecio al señor abogado con todos sus mal adquiridos millones, y ni le he contestado, ni le contestaré.—¡Cobarde y avaro, imaginó desde luego que podría hacer suya a una mujer como yo,[282] sólo con defender de balde en las oficinas nuestra mala causa!...—No hablemos más, ni ahora ni nunca, del indigno viejo...
—¡Pues no hablemos tampoco de ninguna otra cosa!—añadió el ladino Capitán, logrando alcanzar las muletas y comenzando a pasearse aceleradamente cual si huyera de la interrumpida discusión.
—Pero, amigo mío...—observó con sentido acento la joven.—Las cosas no pueden quedar así...
—¡Bien! ¡Bien! Ya hablaremos de eso. Lo que ahora interesa es almorzar, pues yo tengo muchísima hambre... Y ¡qué fuerte me ha dejado la pierna ese zorro viejo[283] de doctor! ¡Ando como un gamo! Dígame usted, cara de cielo, ¿a cómo estamos hoy?
—¡Capitán!—exclamó Angustias con enojo.—¡No me moveré de esta silla hasta que me oiga usted, y resolvamos el asunto que aquí me ha traído!