—¿Qué asunto? ¡Vaya!... ¡Déjeme usted a mi de canciones!... Y, a propósito de canciones... ¡Juro a usted no volver a cantar en toda mi vida la jota aragonesa! ¡Pobre Generala! ¡Cómo se reía al oírme!

—¡Señor de Córdoba!...—insistió Angustias con mayor acritud.—¡Vuelvo a suplicar a usted que preste alguna atención a un caso en que están comprometidas mi honra y mi dignidad!...

—¡Para mí no tiene usted nada comprometido!—respondió D. Jorge, tirando al florete[284] con la más corta de las muletas.—¡Para mí es usted la mujer más honrada y digna que Dios ha criado!

—¡No basta serlo para usted! ¡Es necesario que opine lo mismo todo el mundo! Siéntese usted, pues, y escúcheme, o envío a llamar a su señor primo, el cual, a fuer de hombre de conciencia, pondrá término a la vergonzosa situación en que me hallo.

—¡Le digo a usted que no me siento! Estoy harto de camas, de butacas y de sillas... Sin embargo, puede usted hablar cuanto guste...—replicó D. Jorge, dejando de tirar al florete; pero quedándose en primera guardia.

—Poco será lo que le diga...—profirió Angustias, volviendo a su grave entonación,—y ese poco... ya se le habrá ocurrido a usted desde el primer momento. Señor Capitán: hace quince días que sostiene usted[285] esta casa; usted pagó el entierro de mi madre; usted me ha costeado los lutos; usted me ha dado el pan que he comido... Hoy no puedo abonarle lo que lleva gastado, como se lo abonaré con el tiempo...; pero sepa usted que desde ahora mismo...

—¡Rayos y culebrinas![286] ¡Pagarme usted a mí! ¡Pagarme ella!...—gritó el Capitán con tanto dolor como furia, levantando en alto las muletas, hasta llegar con la mayor al techo de la sala.—¡Esta mujer se ha propuesto matarme!—¡Y para eso quiere que la oiga!...—¡Pues no la oigo a usted! ¡Se acabó la conferencia![287]—¡Rosa! ¡El almuerzo!—Señorita: en el comedor la aguardo...—Hágame el obsequio de no tardar mucho.

—¡Buen modo tiene usted de respetar la memoria de mi madre! ¡Bien cumple los encargos que le hizo en favor de esta pobre huérfana! ¡Vaya un interés que se toma por mi honor y por mi reposo!...—exclamó Angustias con tal majestad, que D. Jorge se detuvo como el caballo a quien refrenan; contempló un momento a la joven; arrojó las muletas lejos de sí; volvió a sentarse en la butaca, y dijo, cruzándose de brazos:

—¡Hable usted hasta la consumación de los siglos!

—Decía...—continuó Angustias, así que se hubo serenado—que desde hoy cesará la absurda situación creada por la imprudente generosidad de usted. Ya está usted bueno, y puede trasladarse a su casa...