—¡Bonito arreglo!—interrumpió don Jorge, tapándose luego la boca como arrepentido de la interrupción.

—¡El único posible!—replicó Angustias.

—¿Y qué hará usted en seguida, alma de Dios?—gritó el Capitán.—¿Vivir del aire, como los camaleones?

—Yo... ¡figúrese usted!... Venderé casi todos los muebles y ropas de la casa...

—¡Que valen cuatro cuartos![288]—volvió a interrumpir D. Jorge, paseando una mirada despreciativa por las cuatro paredes de la habitación, no muy desmanteladas, a la verdad.

—¡Valgan lo que valieren![289]—repuso la huérfana con mansedumbre.—Ello es que dejaré de vivir a costa de su bolsillo de usted, o de la caridad de su señor primo.

—¡Eso no! ¡canastos! ¡Eso no! Mi primo no ha pagado nada!—rugió el Capitán con suma nobleza.—¡Pues no faltaba más, estando yo en el mundo![290]—Cierto es que el pobre Álvaro...—yo no quiero quitarle su mérito,—en cuanto supo[291] la fatal ocurrencia se brindó a todo..., es decir, ¡a muchísimo más de lo que usted puede figurarse!... Pero yo le contesté que la hija de la condesa de Santurce sólo podía admitir favores (o sea hacerlos ella misma, en el mero hecho de admitirlos) de su tutor D. Jorge de Córdoba, a cuyos cuidados la confió la difunta.—El hombre conoció la razón, y entonces me reduje a pedirle prestados, nada más que prestados, algunos maravedises,[292] a cuenta del sueldo que gano en su contaduría.—Por consiguiente, señorita Angustias, puede usted tranquilizarse en ese particular, aunque tenga más orgullo que D. Rodrigo en la horca.[293]

—Me es lo mismo...—balbuceó la joven—supuesto que yo he de pagar al uno o al otro, cuando...

—¿Cuando qué?—¡Ésa es toda la cuestión!—Dígame usted cuándo...

—¡Hombre!... Cuando, a fuerza de trabajar, y con la ayuda de Dios misericordioso, me abra camino en esta vida...