—¡Caminos, canales y puertos![294]—voceó el Capitán.—¡Vamos, señora! ¡No diga usted simplezas!—¡Usted trabajar! ¡Trabajar con esas manos tan bonitas, que no me cansaba de mirar cuando jugábamos al tute!—Pues, ¿a qué estoy yo en el mundo, si la hija de doña Teresa Carrillo, ¡de mi única amiga!, ha de coger una aguja, o una plancha, o un demonio,[295] para ganarse un pedazo de pan?

—Bien: dejemos todo eso a mi cuidado y al tiempo...—replicó Angustias, bajando los ojos.—Pero, entretanto quedamos en que usted me dispensará el favor de marcharse hoy...—¿No es verdad que se marchará usted?

—¡Dale que dale![296]—Y ¿por qué ha de ser verdad? ¿Por qué he de irme, si no me va mal aquí?

—Porque ya está usted bueno; ya puede andar por la calle, como anda por la casa, y no parece bien que sigamos viviendo juntos...

—¡Pues figúrese usted que esta casa fuera de huéspedes!... ¡Ea! ¡Ya lo tiene usted arreglado todo! ¡Así no hay que vender muebles ni nada! Yo le pago a usted mi pupilaje; ustedes me cuidan... ¡y en paz! Con los dos sueldos que reúno hay de sobra para que todos lo pasemos muy bien, puesto que en adelante no me formarán causas por desacato, ni volveré a perder nada al tute, como no sea la paciencia... cuando me gane usted muchos juegos seguidos... ¿Quedamos conformes?

—¡No delire usted, Capitán!—profirió Angustias, con voz melancólica.—Usted no ha entrado en esta casa como pupilo ni nadie creería que estaba[297] usted en ella en tal concepto; ni yo quiero que lo esté... ¡No tengo yo edad ni condiciones para ama de huéspedes!... Prefiero ganar un jornal cosiendo o bordando.

—¡Y yo prefiero[298] que me ahorquen!—gritó el Capitán.

—Es usted muy compasivo...—prosiguió la huérfana,—y le agradezco con toda mi alma lo que padece al ver que en nada puede ayudarme... Pero ésta es la vida,[299] éste es el mundo, ésta es la ley de la sociedad.

—¿Qué me importa a mí la sociedad?

—¡A mí me importa mucho! Entre otras razones, porque sus leyes son un reflejo de la ley de Dios.