Que la separación de tres meses y medio que precedió a los últimos ocho días que vivieron juntos los esposos, fue un tácito rompimiento, consecuencia de profundos y misteriosos disgustos que mediaban entre ambos jóvenes desde el principio de su matrimonio:
Que la noche en que murió su amo, se reunieron los esposos en la alcoba nupcial, como lo verificaban desde la vuelta de la señora, contra su antigua costumbre de dormir cada uno en su respectivo cuarto:
Que a media noche los criados oyeron sonar violentamente la campanilla, a cuyo repiqueteo se unían los desaforados gritos de la señora:
Que acudieron, y vieron salir a esta de la cámara nupcial, con el cabello en desorden, pálida y convulsa, gritando entre amarguísimos sollozos:
«¡Una apoplejía! ¡Un médico! ¡Alfonso mío! ¡El señor se muere!...»
Que penetraron en la alcoba y vieron a su amo tendido sobre el lecho y ya cadáver; y que habiendo acudido un médico confirmó que D. Alfonso había muerto de una congestión cerebral.
El médico: Preguntado al tenor de la cita que precede, dijo: Que era cierto en todas sus partes.
El mismo médico y otros dos facultativos:
Habiéndoseles puesto de manifiesto la calavera de D. Alfonso, y preguntados sobre si la muerte recibida de aquel modo podía aparecer a los ojos de la ciencia como apoplejía, dijeron que sí.
Entonces dictó mi amigo el siguiente auto: