—¿Quién ha de ser? ¡Blanca! ¡Mi amor! ¡Mi vida! ¡La madre de mi hijo!
—¿Blanca? —repliqué con asombro—. ¿Pero no decías que te había engañado?
—¡Ah! No, fue alucinación mía.
—¿La que padeces ahora?
—No; la que entonces padecía.
—Explícate.
—Escucha: Blanca me adora...
—Adelante. El que tú lo digas no prueba nada.
—Cuando nos separamos, Blanca y yo, el día 15 de abril, quedamos en reunimos en Sevilla para el 15 de mayo. A poco tiempo de mi marcha, recibió ella una carta en la que le decían que su presencia era necesaria en Madrid para asuntos de familia; y como podía disponer de un mes hasta mi vuelta, fue a la corte, y volvió a Sevilla muchos días antes del 15 de mayo. Pero, yo, más impaciente que ella, acudí a la cita con quince días de anticipación de la fecha estipulada, y no hallando a Blanca en la fonda, me creí engañado... Y no esperé... En fin, ¡he pasado dos años de tormento por una ligereza mía!