—Pero una carta lo evitaba todo...
—Dice que había olvidado el nombre de aquel pueblo, cuya promotoría sabes que dejé inmediatamente, yéndome a Madrid.
—¡Ah! ¡Pobre amigo mío! —exclamé—. Veo que quieres convencerte; que te empeñas en consolarte. ¡Más vale así! Conque veamos; ¿cuándo te casas? Porque supongo que, una vez deshechas las nieblas de los celos, lucirá radiante el sol del matrimonio...
—¡No te rías! —exclamó Zarco—. Tú serás mi padrino.
—Con mucho gusto; ¡Ah! ¿Y el niño? ¿Y vuestro hijo?
—Murió.
—¡También eso! Pues señor... —dije aturdidamente—. ¡Dios haga un milagro!
—¡Cómo!
—¡Digo... que Dios te haga feliz!