Dios dispone.

Por aquí íbamos en nuestra conversación, cuando oímos fuertes aldabonazos en la puerta de la calle.

Eran las dos de la madrugada.

Joaquín y yo nos estremecimos sin saber por qué...

Abrieron, y a los pocos segundos entró en el despacho un hombre que apenas podía respirar, y que exclamaba entrecortadamente con indescriptible júbilo:

—¡Albricias! ¡Albricias! Compañero, ¡hemos vencido!

Era el promotor fiscal del Juzgado.

—Explíquese usted, compañero... —dijo Zarco, alargándole una silla—. ¿Qué ocurre para que venga usted tan a deshora y tan contento?

—¡Ocurre! ¡Apenas es importante lo que ocurre! Ocurre que Gabriela Zahara...