—¿Cómo?... ¿Qué?... —interrumpimos a un mismo tiempo Zarco y yo.

—¡Acaba de ser presa!

—¡Presa! —gritó el juez lleno de alegría.

—Sí, señor, ¡presa! —repitió el fiscal—. La Guardia civil le seguía la pista hace un mes, y, según acaba de decirme el sereno que suele acompañarme desde el Casino hasta mi casa, ya la tenemos a buen recaudo en la cárcel de esta muy noble villa.

—Pues vamos allá... —replicó el juez—. Esta misma noche le tomaremos declaración. Hágame usted el favor de avisar al escribano de la causa. Usted mismo presenciará las actuaciones, atendida la gravedad del caso... Diga usted que manden a llamar también al sepulturero, a fin de que presente por sí propio la cabeza de D. Alfonso Gutiérrez, la cual obra en poder del alguacil. Hace tiempo que tengo excogitado este horrible careo de los dos esposos, en la seguridad de que la parricida no podrá negar su crimen al ver aquel clavo de hierro que, en la boca de la calavera parece una lengua acusadora. En cuanto a ti —dijome luego Zarco—, harás el papel de escribiente, para que puedas presenciar, sin quebranto de la ley, escenas tan interesantes...

Nada le contesté. Entregado mi infeliz amigo a su alegría de juez (permítaseme la frase), no había concebido la horrible sospecha que sin duda os agita ya a vosotros...; sospecha que penetró desde luego en mi corazón, taladrándolo con sus uñas de hierro... ¡Gabriela y Blanca, llegadas a aquella villa en una misma noche, podían ser una misma persona!

—Dígame usted —pregunté al promotor mientras que Zarco se preparaba para salir—: ¿En dónde estaba Gabriela cuando la prendieron los guardias?

—En la Fonda del León —me respondió el fiscal.

¡Mi angustia no tuvo límites!

Sin embargo, nada podía hacer, nada podía decir, sin comprometer a Zarco, como tampoco debía envenenar el alma de mi amigo, comunicándole aquella lúgubre conjetura, que acaso iban a desmentir los hechos. Además, suponiendo que Gabriela y Blanca fueran una misma persona, ¿de qué le valdría al desgraciado el que yo se lo indicase anticipadamente? ¿Qué podía hacer en tan tremendo conflicto? ¿Huir? ¡Yo debía evitarlo, pues era declararse reo! ¿Delegar, fingiendo una indisposición repentina? ¡Equivaldría a desamparar a Blanca, en cuya defensa tanto podía hacer, si su causa le parecía defendible! ¡Mi obligación, por tanto, era guardar silencio y dejar paso a la justicia de Dios!