Tal discurrí, por lo menos en aquel súbito lance, cuando no había tiempo ni espacio para soluciones inmediatas. ¡La catástrofe se venía encima con trágica premura!... El fiscal había dado ya las órdenes de Zarco a los alguaciles, y uno de estos había ido a la cárcel a fin de que dispusiesen la Sala de Audiencia para recibir al Juzgado. El comandante de la Guardia civil entraba en aquel momento a dar parte en persona (como muy satisfecho que estaba del caso) de la prisión de Gabriela Zahara... y algunos trasnochadores, socios del Casino y amigos del juez, noticiosos de la ocurrencia, iban acudiendo también allí, como a olfatear y presentir las emociones del terrible día en que dama tan principal y tan bella subiese al cadalso... En fin, no había más remedio que ir hasta el borde del abismo, pidiendo a Dios que Gabriela no fuese Blanca.
Disimulé, pues, mi inquietud y callé mis recelos, y a eso de las cuatro de la mañana seguí al juez, al promotor, al escribano, al comandante de la Guardia y a un pelotón de curiosos y de alguaciles, que se trasladaron a la cárcel regocijadamente.
XIV
El Tribunal.
Allí aguardaba ya el sepulturero.
La Sala de la Audiencia estaba profusamente iluminada.
Sobre la mesa veíase una caja de madera pintada de negro, que contenía la calavera de D. Alfonso Gutiérrez del Romeral.
El juez ocupó su sillón: el promotor se sentó a su derecha, y el comandante de la Guardia, por respetos superiores a las prácticas forenses, fue invitado a presenciar también la indagatoria, visto el interés que, como a todos, le inspiraba aquel ruidoso proceso. El escribano y yo nos sentamos juntos a la izquierda del juez, y el alcalde y los alguaciles se agruparon a la puerta, no sin que se columbrasen detrás de ellos algunos curiosos a quienes su alta categoría pecuniaria había franqueado, para tal solemnidad, la entrada en el temido establecimiento, y que habrían de contentarse con ver a la acusada, por no consentir otra cosa el secreto del sumario.
Constituida en esta forma la Audiencia, el juez tocó la campanilla, y dijo al alcaide:
—Que entre doña Gabriela Zahara.