Yo me sentía morir, y, en vez de mirar a la puerta, miraba a Zarco, para leer en su rostro la solución del pavoroso problema que me agitaba...
Pronto vi a mi amigo ponerse lívido, llevarse la mano a la garganta, como para ahogar un rugido de dolor, y volverse hacia mí en demanda de socorro...
—¡Calla! —le dije, llevándome el índice a los labios.
Y luego añadí, con la mayor naturalidad, como respondiendo a alguna observación suya:
—Lo sabía...
El desventurado quiso levantarse...
—¡Señor juez!... —le dije entonces con tal voz y con tal cara, que comprendió toda la enormidad de sus deberes y de los peligros que corría. Contrájose, pues, horriblemente, como quien trata de soportar un peso extraordinario, y, dominándose al fin por medio de aquel esfuerzo, su cara ostentó la inmovilidad de una piedra. A no ser por la calentura de sus ojos, hubiérase dicho que aquel hombre estaba muerto.
¡Y muerto estaba el hombre! ¡Ya no vivía en él más que el Magistrado!
Cuando me hube convencido de ello, miré, como todos, a la acusada.