Figuraos ahora mi sorpresa y mi espanto, casi iguales a los del infortunado juez... ¡Gabriela Zahara no era solamente la Blanca de mi amigo, su querida de Sevilla, la mujer con quien acababa de reconciliarse en la Fonda del León, sino también mi desconocida de Málaga, mi amiga de Granada, la hermosísima americana Mercedes de Meridanueva!
Todas aquellas fantásticas mujeres se resumían en una sola, en una indudable, en una real y positiva, en una sobre quien pesaba la acusación de haber matado a su marido, en una que estaba condenada a muerte en rebeldía...
Ahora bien: esta acusada, esta sentenciada, ¿sería inocente? ¿Lograría sincerarse? ¿Se vería absuelta?
Tal era mi única y suprema esperanza; tal debía ser también la de mi pobre amigo.
XV
El juicio.
El juez es una ley que habla, y la ley un juez mudo.
La ley debe ser como la muerte, que no perdona a nadie.
Montesquieu.
Gabriela (llamémosla al fin por su verdadero nombre) estaba sumamente pálida; pero también muy tranquila. Aquella calma, ¿era señal de su inocencia, o comprobaba la insensibilidad propia de los grandes criminales? ¿Confiaba la viuda de don Alfonso en la fuerza de su derecho, o en la debilidad de su juez?