Pronto salí de dudas.
La acusada no había mirado hasta entonces más que a Zarco, no sé si para infundirle valor y enseñarle a disimular, si para amenazarle con peligrosas revelaciones, o si para darle mudo testimonio de que su Blanca no podía haber cometido un asesinato... Pero, observando sin duda la tremenda impasibilidad del juez, debió de sentir miedo, y miró a los demás concurrentes, cual si buscase en otras simpatías auxilio moral para su buena o su mala causa.
Entonces me vio a mí, y una llamarada de rubor, que me pareció de buen agüero, tiñó de escarlata su semblante.
Pero muy luego se repuso, y tornó a su palidez y tranquilidad.
Zarco salió al fin del estupor en que estaba sumido, y, con voz dura y áspera como la vara de la justicia, preguntó a su antigua amada y prometida esposa:
—¿Cómo se llama usted?
—Gabriela Zahara del Valle de Gutiérrez del Romeral —contestó la acusada con dulce y reposado acento.
Zarco tembló ligeramente. Acababa de oír que su Blanca no había existido nunca; y esto se lo decía ella misma. ¡Ella, con quien tres horas antes había concertado de nuevo el antiguo proyecto de matrimonio!
Por fortuna nadie miraba al juez, sino que todos tenían fija la vista en Gabriela, cuya singular hermosura y suave y apacible voz considerábanse como indicios de inculpabilidad. ¡Hasta el sencillo traje negro que llevaba parecía declarar en su defensa!
Repuesto Zarco de su turbación, dijo con formidable acento, y como quien juega de una vez todas sus esperanzas: