—Sepulturero: venga usted, y haga su oficio abriendo ese ataúd...

Y le señalaba la caja negra en que estaba encerrado el cráneo de D. Alfonso.

—Usted, señora... —continuó, mirando a la acusada con ojos de fuego—, ¡acérquese y diga si reconoce esa cabeza!

El sepulturero destapó la caja, y se la presentó abierta a la enlutada viuda.

Esta, que había dado dos pasos adelante, fijó los ojos en el interior del llamado ataúd, y lo primero que vio fue la cabeza del clavo, destacándose sobre el marfil de la calavera...

Un grito desgarrador, agudo, mudo, mortal, como los que arranca un miedo repentino, o como los que preceden a la locura, salió de las entrañas de Gabriela, la cual, retrocedió espantada, mesándose los cabellos y tartamudeando a media voz:

—¡Alfonso! ¡Alfonso!

Y luego se quedó como estúpida.

—¡Ella es! —murmuramos todos, volviéndonos hacia Joaquín.

—¿Reconoce usted, pues, el clavo que dio muerte a su marido? —añadió el juez, levantándose con terrible ademán, como si él mismo saliese de la sepultura...