—¡De aquí a Málaga solo hay diez y ocho leguas! ¡Que no fuéramos a la península de Kamchatka!

Entre tanto se cerró la portezuela y quedamos a oscuras.

Esto significaba ¡no verla!

Yo pedía relámpagos al cielo, como el Alfonso Munio de la señora Avellaneda cuando dice:

¡Horrible tempestad, mándame un rayo!

Pero ¡oh dolor! la tormenta se retiraba ya hacia el mediodía...

Y no era lo peor no verla, sino que el aire severo y triste de la gentil señora me había impuesto de tal modo, que no me atrevía a cosa ninguna.

Sin embargo, pasados algunos minutos le hice aquellas primeras preguntas y observaciones de cajón que establecen poco a poco cierta intimidad entre los viajeros:

—¿Va usted bien?

—¿Se dirige usted a Málaga?