XI

EL BOMBARDEO DE PAMPLONA

Dios te guarde, Frasquita...—dijo el Corregidor a
media voz, apareciendo bajo el emparrado y andando de
puntillas.

—¡Tanto bueno, señor Corregidor! (respondió ella
en voz natural, haciéndole mil reverencias). ¡Usía por 34-5
aquí a estas horas! ¡Y con el calor que hace! ¡Vaya,
siéntese Su Señoría!... Esto está fresquito.—¿Cómo
no ha aguardado Su Señoría a los demás señores?—Aquí
tienen ya preparados sus asientos... Esta tarde esperamos
al señor Obispo en persona, que le ha prometido 34-10
a mi Lucas venir a probar las primeras uvas de la parra.—¿Y
cómo lo pasa Su Señoría? ¿Cómo está la Señora?

El Corregidor se había turbado.—La ansiada soledad
en que encontraba a la señá Frasquita le parecía un
sueño, o un lazo que le tendía la enemiga suerte para 34-15
hacerle caer en el abismo de un desengaño.

Limitose, pues, a contestar:

—No es tan temprano como dices... Serán las tres
y media...

El loro dio en aquel momento un chillido. 34-20

—Son las dos y cuarto,—dijo la navarra, mirando
de hito en hito al madrileño.

Éste calló, como reo convicto que renuncia a la
defensa.