—¿Y Lucas? ¿Duerme?—preguntó al cabo de un
rato.
(Debemos advertir aquí que el Corregidor, lo mismo
que todos los que no tienen dientes, hablaba con una
pronunciación floja y sibilante, como si se estuviese 35-5
comiendo sus propios labios.)
—¡De seguro! (contestó la señá Frasquita).—En
llegando estas horas se queda dormido donde primero
le coge, aunque sea en el borde de un precipicio...
—Pues mira... ¡déjalo dormir!... (exclamó el 35-10
viejo Corregidor, poniéndose más pálido de lo que ya
era).—Y tú, mi querida Frasquita, escúchame...,
oye..., ven acá... ¡Siéntate aquí; a mi lado!...
Tengo muchas cosas que decirte...
—Ya estoy sentada,—respondió la Molinera, agarrando 35-15
una silla baja y plantándola delante del Corregidor,
a cortísima distancia de la suya.
Sentado que se hubo, Frasquita echó una pierna
sobre la otra, inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyó
un codo sobre la rodilla cabalgadora, y la fresca y hermosa 35-20
cara en una de sus manos; y así, con la cabeza
un poco ladeada, la sonrisa en los labios, los cinco
hoyos en actividad, y las serenas pupilas clavadas en
el Corregidor, aguardó la declaración de Su Señoría.—Hubiera
podido comparársela con Pamplona esperando 35-25
un bombardeo.
El pobre hombre fue a hablar, y se quedó con la boca
abierta, embelesado ante aquella grandiosa hermosura,
ante aquella esplendidez de gracias, ante aquella formidable
mujer, de alabastrino color, de lujosas carnes, de 35-30
limpia y riente boca, de azules e insondables ojos, que
parecía creada por el pincel de Rubens.
—¡Frasquita!... (murmuró al fin el delegado del
rey, con acento desfallecido, mientras que su marchito
rostro, cubierto de sudor, destacándose sobre su joroba, 36-5
expresaba una inmensa angustia). ¡Frasquita!...
—¡Me llamo! (contestó la hija de los Pirineos).—¿Y
qué?
—Lo que tú quieras...—repuso el viejo con una
ternura sin límites. 36-10