—No hay pero que valga. ¡Verá V. qué guapo y
qué hombre de bien es mi sobrino!

—¡Tú sí que eres guapa, Frascuela!... 37-5

—¿Le gusto a V.?

—¡Que si me gustas!... ¡No hay mujer como tú!

—Pues mire V... Aquí no hay nada postizo...—contestó
la señá Frasquita, acabando de arrollar la
manga de su jubón, y mostrando al Corregidor el resto 37-10
de su brazo, digno de una cariátide y más blanco que
una azucena.

—¡Que si me gustas!... (prosiguió el Corregidor).
¡De día, de noche, a todas horas, en todas partes, sólo
pienso en ti!... 37-15

—¡Pues qué! ¿No le gusta a V. la señora Corregidora?
(preguntó la señá Frasquita con tan mal fingida
compasión, que hubiera hecho reír a un hipocondríaco).—¡Qué
lástima! Mi Lucas me ha dicho que tuvo el
gusto de verla y de hablarle cuando fue a componerle a 37-20
V. el reloj de la alcoba, y que es muy guapa, muy buena
y de un trato muy cariñoso.

—¡No tanto! ¡No tanto!—murmuró el Corregidor
con cierta amargura.

—En cambio, otros me han dicho (prosiguió la 37-25
Molinera) que tiene muy mal genio, que es muy celosa,
y que V. le tiembla más que a una vara verde...

—¡No tanto, mujer!... (repitió Don Eugenio de
Zúñiga y Ponce de León, poniéndose colorado). ¡Ni
tanto ni tan poco! La Señora tiene sus manías, es 37-30
cierto...; mas de ello a hacerme temblar, hay mucha
diferencia. ¡Yo soy el Corregidor!...