—Pero, en fin, ¿la quiere V., o no la quiere?
—Te diré...—Yo la quiero mucho.... o, por
mejor decir, la quería antes de conocerte. Pero desde 38-5
que te vi, no sé lo que me pasa, y ella misma conoce
que me pasa algo... Bástete saber que hoy...,
tomarle, por ejemplo, la cara a mi mujer me hace la
misma operación que si me la tomara a mí propio...—¡Ya
ves, que no puedo quererla más ni sentir menos!...—¡Mientras 38-10
que por coger esa mano, ese brazo, esa
cara, esa cintura, daría lo que no tengo!
Y, hablando así, el Corregidor trató de apoderarse
del brazo desnudo que la señá Frasquita le estaba
refregando materialmente por los ojos; pero ésta, sin 38-15
descomponerse, extendió la mano, tocó el pecho de Su
Señoría con la pacífica violencia e incontrastable rigidez
de la trompa de un elefante, y lo tiró de espaldas con
silla y todo.
—¡Ave María Purísima! (exclamó entonces la navarra, 38-20
riéndose a más no poder). Por lo visto, esa silla
estaba rota...
—¿Qué pasa ahí?—exclamó en esto el tío Lucas,
asomando su feo rostro entre los pámpanos de la parra.
El Corregidor estaba todavía en el suelo boca arriba, 38-25
y miraba con un terror indecible a aquel hombre que
aparecía en los aires boca abajo.
Hubiérase dicho que Su Señoría era el diablo, vencido,
no por San Miguel, sino por otro demonio del
infierno. 38-30
—¿Qué ha de pasar? (se apresuró a responder la
señá Frasquita). ¡Que el señor Corregidor puso la
silla en vago, fue a mecerse, y se ha caído!
—¡Jesús, María y José! (exclamó a su vez el Molinero).
¿Y se ha hecho daño Su Señoría? ¿Quiere un 39-5
poco de agua y vinagre?
—¡No me he hecho nada!—dijo el Corregidor,
levantándose como pudo.