Y luego añadió por lo bajo, pero de modo que pudiera
oírlo la señá Frasquita: 39-10
—¡Me la pagaréis!
—Pues, en cambio, Su Señoría me ha salvado a mí
la vida (repuso el tío Lucas sin moverse de lo alto de la
parra).—Figúrate, mujer, que estaba yo aquí sentado
contemplando las uvas, cuando me quedé dormido sobre 39-15
una red de sarmientos y palos que dejaban claros suficientes
para que pasase mi cuerpo... Por consiguiente,
si la caída de Su Señoría no me hubiese despertado tan
a tiempo, esta tarde me habría yo roto la cabeza contra
esas piedras. 39-20
—Conque sí... ¿eh?... (replicó el Corregidor).
Pues, ¡vaya, hombre! me alegro... ¡Te digo que me
alegro mucho de haberme caído!
—¡Me la pagarás!—agregó en seguida, dirigiéndose
a la Molinera. 39-25
Y pronunció estas palabras con tal expresión de reconcentrada
furia, que la señá Frasquita se puso triste.
Veía claramente que el Corregidor se asustó al principio,
creyendo que el Molinero lo había oído todo;
pero que, persuadido ya de que no había oído nada 39-30
(pues la calma y el disimulo del tío Lucas hubieran
engañado al más lince), empezaba a abandonarse a toda
su iracundia y a concebir planes de venganza.
—¡Vamos! ¡Bájate ya de ahí, y ayúdame a limpiar
a Su Señoría, que se ha puesto perdido de polvo!—exclamó 40-5
entonces la Molinera.
Y, mientras el tío Lucas bajaba, díjole ella al Corregidor,
dándole golpes con el delantal en la chupa y
alguno que otro en las orejas:
—El pobre no ha oído nada... Estaba dormido 40-10
como un tronco...