Y, extendiendo dos dedos, bendijo a la señá Frasquita
y después a los demás circunstantes.
—¡Aquí tiene Usía Ilustrísima las primicias! (dijo
el Corregidor, tomando un racimo de manos de la 42-25
Molinera y presentándoselo cortésmente al
Obispo).—Todavía no había yo probado las uvas...
El Corregidor pronunció estas palabras, dirigiendo
de paso una rápida y cínica mirada a la espléndida
hermosura de la Molinera. 42-30
—¡Pues no será porque estén verdes, como las de la
fábula!—observó el Académico.
—Las de la fábula (expuso el Obispo) no estaban
verdes, señor Licenciado; sino fuera del alcance de la
zorra. 43-5
Ni el uno ni el otro habían querido acaso aludir al
Corregidor; pero ambas frases fueron casualmente tan
adecuadas a lo que acababa de suceder allí que Don
Eugenio de Zúñiga se puso lívido de cólera, y dijo
besando el anillo del Prelado: 43-10
—¡Eso es llamarme zorro, señor ilustrísimo!
—¡Tu dixisti! (replicó éste, con la afable severidad
de un Santo, como diz que lo era en efecto).—Excusatio
non petita, accusatio manifesta.—Qualis vir, talis
oratio.—Pero satis jam dictum, nullus ultra sit sermo. 43-15
O, lo que es lo mismo, dejémonos de latines, y veamos
estas famosas uvas.
Y picó... una sola vez... en el racimo que le presentaba
el Corregidor.
—¡Están muy buenas! (exclamó, mirando aquella 43-20
uva al trasluz y alargándosela en seguida a su
secretario).—¡Lástima que a mí me sienten mal!