Cerca de casi todas las rejas bajas se veía, o
se olfateaba, por mejor decir, un silencioso bulto 45-25
negro. Eran galanes que al sentir pasos, habían
dejado por un momento de pelar la pava...
—¡Somos unos calaveras!—iban diciéndose el
abogado y los dos canónigos.—¿Qué pensarán
en nuestras casas al vernos llegar a estas horas? 46-5
—Pues ¿qué dirán los que nos encuentren en
la calle, de este modo, a las siete y pico de la
noche, como unos bandoleros amparados de las
tinieblas?
—Hay que mejorar de conducta... 46-10
—¡Ah, sí... pero ese dichoso molino!...
—Mi mujer lo tiene sentado en la boca del
estómago...—dijo el académico, con un tono en
que se traslucía mucho miedo a próxima pelotera
conyugal. 46-15
—Pues ¿y mi sobrina?—exclamó uno de los
canónigos, que por cierto era penitenciario.—Mi
sobrina dice que los sacerdotes no deben visitar
comadres...
Y sin embargo, interrumpió su compañero, 46-20
que era magistral, lo que allí pasa no puede ser
más inocente...
—¡Toma! Como que va el mismísimo señor
obispo!
—Y luego, señores, ¡a nuestra edad!... repuso 46-25
el penitenciario. Yo he cumplido ayer los
setenta y cinco.