El tío Lucas había aplicado entretanto un ojo a cierta
mirilla muy disimulada que tenía el portón, y reconocido
a la luz de la luna al rústico Alguacil del
Lugar 55-10
inmediato.

—¡Dirás que le abra al borrachón del Alguacil!—repuso
el Molinero, retirando la tranca.

—¡Es lo mismo...(contestó el de afuera); pues
que traigo una orden escrita de su Merced!—Tenga 55-15
V. muy buenas noches, tío Lucas...—agregó luego
entrando, con voz menos oficial, más baja y más gorda,
como si ya fuera otro hombre.

—¡Dios te guarde, Toñuelo! (respondió el murciano).—Veamos
qué orden es esa...¡Y bien podía el 55-20
señor Juan López escoger otra hora más oportuna de
dirigirse a los hombres de bien!—Por supuesto, que la
culpa será tuya.—¡Como si lo viera, te has estado
emborrachando en las huertas del camino!—¿Quieres
un trago? 55-25

—No, señor; no hay tiempo para nada. ¡Tiene V.
que seguirme inmediatamente! Lea V. la orden.

—¿Cómo seguirte? (exclamó el tío Lucas, penetrando
en el molino, después de tomar el papel).—¡A
ver, Frasquita! ¡alumbra! 55-30

La señá Frasquita soltó una cosa que tenía en la
mano, y descolgó el candil.

El tío Lucas miró rápidamente el objeto que había
soltado su mujer, y reconoció su bocacha, o sea un
enorme trabuco que calzaba balas de a media libra. 56-5

El Molinero dirigió entonces a la navarra una mirada
llena de gratitud y ternura, y le dijo, tomándole la cara:

—¡Cuánto vales!