¡No cabía duda! ¡No había tabla de salvación en
aquel naufragio!
El Molinero sonrió en las tinieblas de un modo horroroso.—¿Cómo 72-20
no brillan en la obscuridad semejantes
relámpagos? ¿Qué es todo el fuego de las tormentas
comparado con el que arde a veces en el corazón del
hombre?
Sin embargo, el tío Lucas (tal era su alma, como ya 72-25
dijimos en otro lugar) principió a tranquilizarse, no bien
oyó la tos de su enemigo...
La realidad le hacía menos daño que la duda.—Según
le anunció él mismo aquella tarde a la señá Frasquita,
desde el punto y hora en que perdía la única fe 72-30
que era vida de su alma, empezaba a convertirse en un
hombre nuevo.
Semejante al moro de Venecia (con quien ya lo comparamos
al describir su carácter), el desengaño mataba
en él de un solo golpe todo el amor, transfigurando de 73-5
paso la índole de su espíritu y haciéndole ver el mundo
como una región extraña a que acabara de llegar. La
única diferencia consistía en que el tío Lucas era por
idiosincrasia menos trágico, menos austero y más egoísta
que el insensato sacrificador de Desdémona. 73-10
¡Cosa rara, pero propia de tales situaciones! La
duda, o sea la esperanza (que para el caso es lo mismo),
volvió todavía a mortificarle un momento...
—¡Si me hubiera equivocado! (pensó). ¡Si la tos
hubiese sido de Frasquita!... 73-15
En la tribulación de su infortunio, olvidábasele que
había visto las ropas del Corregidor cerca de la chimenea;
que había encontrado abierta la puerta del molino;
que había leído la credencial de su infamia...
Agachose, pues, y miró por el ojo de la llave, temblando 73-20
de incertidumbre y de zozobra.
El rayo visual no alcanzaba a descubrir más que un
pequeño triángulo de cama, por la parte del cabecero...
¡Pero precisamente en aquel pequeño triángulo se veía
un extremo de las almohadas, y sobre las almohadas la 73-25
cabeza del Corregidor!