—¿Si será Lucas?—pensó la navarra, llena de un 77-15
terror que no necesitamos describir.
En el mismo dormitorio había una puertecilla, de que
ya nos habló Garduña, y que daba efectivamente sobre
la parte alta del caz.—Abriola sin vacilación la señá
Frasquita, por más que no hubiera reconocido la voz 77-20
que pedía auxilio, y encontrose de manos a boca con el
Corregidor, que en aquel momento salía todo chorreando
de la impetuosísima acequia...
—¡Dios me perdone! ¡Dios me perdone! (balbuceaba
el infame viejo).—¡Creí que me ahogaba! 77-25
—¡Cómo! ¿Es V.? ¿Qué significa? ¿Cómo se
atreve? ¿A qué viene V. a estas horas?...—gritó
la Molinera con más indignación que espanto, pero
retrocediendo maquinalmente.
—¡Calla! ¡Calla, mujer! (tartamudeó el Corregidor, 78-5
colándose en el aposento detrás de ella). Yo te lo diré
todo... ¡He estado para ahogarme! ¡El agua me llevaba
ya como a una pluma!—¡Mira, mira cómo me he
puesto!
—¡Fuera, fuera de aquí! (replicó la señá Frasquita 78-10
con mayor violencia). ¡No tiene V. nada que explicarme!...
¡Demasiado lo comprendo todo! ¿Qué me
importa a mí que V. se ahogue? ¿Lo he llamado yo a
V.?—¡Ah! ¡Qué infamia! ¡Para esto ha mandado
V. prender a mi marido! 78-15
—Mujer, escucha...
—¡No escucho! ¡Márchese V. inmediatamente,
señor Corregidor!... ¡Márchese V., o no respondo de
su vida!...
—¿Qué dices? 78-20
—¡Lo que V. oye!—Mi marido no está en casa;
pero yo me basto para hacerla respetar. ¡Márchese
V. por donde ha venido, si no quiere que yo le arroje
otra vez al agua con mis propias manos!