—Si te empeñas, te lo pegaré, y así me veré libre de
tus amenazas y de tu hermosura...—respondió el
Corregidor, lleno de miedo y sacando un par de
cachorrillos.
—¿Conque pistolas también? ¡Y en la otra faltriquera 80-5
el nombramiento de mi sobrino! (dijo la señá
Frasquita, moviendo la cabeza de arriba abajo).—Pues,
señor, la elección no es dudosa.—Espere Usía
un momento; que voy a encender la lumbre.
Y, así hablando, se dirigió rápidamente a la escalera, 80-10
y la bajó en tres brincos.
El Corregidor cogió la luz, y salió detrás de la Molinera,
temiendo que se escapara; pero tuvo que bajar
mucho más despacio, de cuyas resultas, cuando llegó a
la cocina, tropezó con la navarra, que volvía ya en su 80-15
busca.
—¿Conque decía V. que me iba a pegar un tiro?
(exclamó aquella indomable mujer dando un paso atrás).—Pues,
¡en guardia, caballero; que yo ya lo estoy!
Dijo, y se echó a la cara el formidable trabuco que 80-20
tanto papel representa en esta historia.
—¡Detente, desgraciada! ¿Qué vas a hacer? (gritó
el Corregidor, muerto de susto). Lo de mi tiro era una
broma... Mira... Los cachorrillos están descargados.—En
cambio, es verdad lo del nombramiento...—Aquí 80-25
lo tienes... Tómalo... Te lo regalo... Tuyo
es... de balde, enteramente de balde...
Y lo colocó temblando sobre la mesa.
—¡Ahí está bien! (repuso la navarra). Mañana me
servirá para encender la lumbre, cuando le guise el 80-30
almuerzo a mi marido.—¡De V. no quiero ya ni la
gloria; y, si mi sobrino viniese alguna vez de Estella,
sería para pisotearle a V. la fea mano con que ha escrito
su nombre en ese papel indecente!—¡Ea, lo dicho!
¡Márchese V. de mi casa!—¡Aire! ¡aire! ¡pronto!... 81-5
¡que ya se me sube la pólvora a la cabeza!
El Corregidor no contestó a este discurso. Habíase
puesto lívido, casi azul; tenía los ojos torcidos, y un
temblor como de terciana agitaba todo su cuerpo. Por
último, principió a castañetear los dientes, y cayó al 81-10
suelo, presa de una convulsión espantosa.