El susto del caz, lo muy mojadas que seguían todas
sus ropas, la violenta escena del dormitorio, y el miedo
al trabuco con que le apuntaba la navarra, habían agotado
las fuerzas del enfermizo anciano. 81-15

—¡Me muero! (balbuceó).—¡Llama a Garduña!...
Llama a Garduña, que estará ahí... en la ramblilla...—¡Yo
no debo morirme en esta casa!...

No pudo continuar. Cerró los ojos, y se quedó como
muerto. 81-20

—¡Y se morirá como lo dice! (prorrumpió la señá
Frasquita).—Pues, señor, ¡esta es la más negra! ¿Qué
hago yo ahora con este hombre en mi casa? ¿Qué
dirían de mí, si se muriese? ¿Qué diría Lucas?...
¿Cómo podría justificarme, cuando yo misma le he 81-25
abierto la puerta?—¡Oh! no... Yo no debo quedarme
aquí con él. ¡Yo debo buscar a mi marido; yo debo
escandalizar el mundo antes de comprometer mi honra!

Tomada esta resolución, soltó el trabuco, fuese al
corral, cogió la burra que quedaba en él, la aparejó de 81-30
cualquier modo, abrió la puerta grande de la cerca,
montó de un salto, a pesar de sus carnes, y se dirigió a
la ramblilla.

—¡Garduña! ¡Garduña!—iba gritando la navarra,
conforme se acercaba a aquel sitio. 82-5

—¡Presente! (respondió al cabo el Alguacil, apareciendo
detrás de un seto).—¿Es V., señá Frasquita?

—Sí, soy yo.—¡Ve al molino, y socorre a tu amo,
que se está muriendo!...

—¿Qué dice V.?—¡Vaya un maula! 82-10

—Lo que oyes, Garduña...