—¡Levantándose!—bramó D. Eugenio. 105-25
—¿Se asombra V.? ¿Pues dónde quería V. que
estuviese a estas horas un hombre de bien, sino en su
casa, en su cama, y durmiendo con su legítima consorte,
como manda Dios?
—¡Merceditas! ¡Ve lo que te dices! ¡Repara en 105-30
que nos están oyendo! ¡Repara en que soy el
Corregidor!...
—¡A mí no me dé V. voces, tío Lucas, o mandaré a
los alguaciles que lo lleven a la cárcel!—replicó la
Corregidora, poniéndose de pie. 106-5
—¡Yo a la cárcel! ¡Yo! ¡El Corregidor de la
Ciudad!
—El Corregidor de la Ciudad, el representante de
la Justicia, el apoderado del Rey (repuso la gran señora
con una severidad y una energía que ahogaron la voz 106-10
del fingido Molinero), llegó a su casa a la hora debida,
a descansar de las nobles tareas de su oficio, para seguir
mañana amparando la honra y la vida de los ciudadanos,
la santidad del hogar y el recato de las
mujeres, impidiendo de este modo que nadie pueda 106-15
entrar, disfrazado de Corregidor ni de ninguna otra
cosa, en la alcoba de la mujer ajena; que nadie pueda
sorprender a la virtud en su descuidado reposo; que
nadie pueda abusar de su casto sueño....
—¡Merceditas! ¿Qué es lo que profieres? (silbó el 106-20
Corregidor con labios y encías). ¡Si es verdad que ha
pasado eso en mi casa, diré que eres una pícara, una
pérfida, una licenciosa!
—¿Con quién habla este hombre? (prorrumpió la
Corregidora desdeñosamente, y paseando la vista por 106-25
todos los circunstantes). ¿Quién es este loco? ¿Quién
es este ebrio?... ¡Ni siquiera puedo ya creer que
sea un honrado molinero como el tío Lucas, a pesar de
que viste su traje de villano!—Sr. Juan López, créame
V. (continuó, encarándose con el Alcalde de monterilla, 106-30
que estaba aterrado): mi marido, el Corregidor de la
Ciudad, llegó a esta su casa hace dos horas, con su sombrero
de tres picos, su capa de grana, su espadín de
caballero y su bastón de autoridad.... Los criados
y alguaciles que me escuchan se levantaron, y lo saludaron 107-5
al verlo pasar por el portal, por la escalera, y por
el recibimiento. Cerráronse en seguida todas las puertas,
y desde entonces no ha penetrado nadie en mi
hogar hasta que llegaron Vds.—¿Es esto cierto?—Responded
vosotros.... 107-10
—¡Es verdad! ¡Es muy verdad!—contestaron la
nodriza, los domésticos y los ministriles; todos los
cuales, agrupados a la puerta del salón, presenciaban
aquella singular escena.
—¡Fuera de aquí todo el mundo! (gritó D. Eugenio, 107-15
echando espumarajos de rabia).—¡Garduña! ¡Garduña!
¡Ven y prende a estos viles que me están faltando
al respeto! ¡Todos a la cárcel! ¡Todos a la
horca!