Garduña no parecía por ningún lado. 107-20

—Además, señor... (continuó Doña Mercedes,
cambiando de tono y dignándose ya mirar a su marido
y tratarle como a tal, temerosa de que las chanzas
llegaran a irremediables extremos). Supongamos que
V. es mi esposo.... Supongamos que V. es D. Eugenio 107-25
de Zúñiga y Ponce de León....

—¡Lo soy!

—Supongamos, además, que me cupiese alguna
culpa en haber tomado por V. al hombre que penetró
en mi alcoba vestido de Corregidor.... 107-30

—¡Infames!—gritó el viejo, echando mano a la
espada, y encontrándose sólo con el sitio o sea con la
faja de molinero murciano.

La navarra se tapó el rostro con un lado de la mantilla
para ocultar las llamaradas de sus celos. 108-5

—Supongamos todo lo que V. quiera... (continuó
Doña Mercedes con una impasibilidad inexplicable).
Pero dígame V. ahora, señor mío: ¿Tendría derecho
a quejarse? ¿Podría V. acusarme como fiscal? ¿Podría
V. sentenciarme como juez? ¿Viene V. acaso del 108-10
sermón? ¿Viene V. de confesar? ¿Viene V. de oír
misa? ¿O de dónde viene V. con ese traje? ¿De
dónde viene V. con esa señora? ¿Dónde ha pasado
V. la mitad de la noche?

—Con permiso...—exclamó la señá Frasquita, 108-15
poniéndose de pie como empujada por un resorte, y
atravesándose arrogantemente entre la Corregidora y su
marido.

Éste, que iba a hablar, se quedó con la boca abierta
al ver que la navarra entraba en fuego. 108-20

Pero Doña Mercedes se anticipó, y dijo: