—Vamos... Vamos a descambiar... (díjole el murciano 116-10
a D. Eugenio, alegrándose mucho de no haberlo
asesinado, pero mirándolo todavía con un odio verdaderamente
morisco).—¡El traje de Vuestra Señoría me
ahoga! ¡He sido muy desgraciado mientras lo he
tenido puesto!... 116-15

—¡Porque no lo entiendes! (respondiole el Corregidor).
¡Yo estoy, en cambio, deseando ponérmelo,
para ahorcarte a ti y a medio mundo, si no me satisfacen
las exculpaciones de mi mujer!

La Corregidora, que oyó esta palabras, tranquilizó a 116-20
la reunión con una suave sonrisa, propia de aquellos
afanados ángeles cuyo ministerio es guardar a los
hombres.

XXXIV

TAMBIÉN LA CORREGIDORA ES GUAPA

Salido que hubieron de la sala el Corregidor y el tío
Lucas, sentose de nuevo la Corregidora en el sofá;
colocó a su lado a la señá Frasquita, y, dirigiéndose a
los domésticos y ministriles que obstruían la puerta, les
dijo con afable sencillez: 117-5

—¡Vaya, muchachos!... Contad ahora vosotros a
esta excelente mujer todo lo malo que sepáis de mí.

Avanzó el cuarto estado, y diez voces quisieron hablar
a un mismo tiempo; pero el ama de leche, como la
persona que más alas tenía en la casa, impuso silencio 117-10
a los demás, y dijo de esta manera:

—Ha de saber V., señá Frasquita, que estábamos yo
y mi Señora esta noche al cuidado de los niños, esperando
a ver si venía el amo y rezando el tercer Rosario
para hacer tiempo (pues la razón traída por Garduña 117-15
había sido que andaba el señor Corregidor detrás de
unos facinerosos muy terribles, y no era cosa de acostarse
hasta verlo entrar sin novedad), cuando sentimos
ruido de gente en la alcoba inmediata, que es donde mis
señores tienen su cama de matrimonio. Cogimos la luz, 117-20
muertas de miedo, y fuimos a ver quién andaba en la
alcoba, cuando ¡ay, Virgen del Carmen! al entrar, vimos
que un hombre, vestido como mi señor, pero que
no era él (¡como que era su marido de V.!), trataba de
esconderse debajo de la cama.—«¡Ladrones!» principiamos
a gritar desaforadamente, y un momento después
la habitación estaba llena de gente, y los alguaciles
sacaban arrastrando de su escondite al fingido Corregidor.—Mi
Señora, que, como todos, había reconocido 118-5
al tío Lucas, y que lo vio con aquel traje, temió que
hubiese matado al amo, y empezó a dar unos lamentos
que partían las piedras...—«¡A la cárcel! ¡A la cárcel!»
decíamos entre tanto los demás.—«¡Ladrón!
¡Asesino!
» era la mejor palabra que oía el tío Lucas; 118-10
y así es que estaba como un difunto, arrimado a la pared,
sin decir esta boca es mía.—Pero, viendo luego que se
lo llevaban a la cárcel, dijo... lo que voy a repetir,
aunque verdaderamente mejor sería para callado:—«Señora,
yo no soy ladrón ni asesino: el ladrón y el 118-15
asesino... de mi honra está en mi casa, acostado con
mi mujer.»

—¡Pobre Lucas!—suspiró la señá Frasquita.