Regresaron en esto a la sala el Corregidor y el tío
Lucas, vestido cada cual con su propia ropa.

—¡Ahora me toca a mí!—entró diciendo el insigne
D. Eugenio de Zúñiga.

Y, después de dar en el suelo un par de bastonazos 121-5
como para recobrar su energía (a guisa de Anteo oficial,
que no se sentía fuerte hasta que su caña de Indias tocaba
en la tierra), díjole a la Corregidora con un énfasis
y una frescura indescriptibles:

—¡Merceditas..., estoy esperando tus 121-10
explicaciones!...

Entretanto, la Molinera se había levantado y le tiraba
al tío Lucas un pellizco de paz, que le hizo ver estrellas,
mirándolo al mismo tiempo con desenojados y hechiceros
ojos. 121-15

El Corregidor, que observara aquella pantomima,
quedose hecho una pieza, sin acertar a explicarse una
reconciliación tan inmotivada.

Dirigiose, pues, de nuevo a su mujer, y le dijo, hecho
un vinagre: 121-20

—¡Señora! ¡Todos se entienden menos nosotros!
Sáqueme V. de dudas... ¡Se lo mando como marido
y como Corregidor!

Y dio otro bastonazo en el suelo.

—¿Conque se marcha V.? (exclamó Doña Mercedes,
acercándose a la señá Frasquita y sin hacer caso de D.
Eugenio).—Pues vaya V. descuidada, que este escándalo
no tendrá ningunas consecuencias.—¡Rosa!: alumbra
a estos señores, que dicen que se marchan...—Vaya 122-5
V. con Dios, tío Lucas.