¡Pícaro velo! ¡Pobres rodillas de su alma!
A la salida y á la entrada, cruza Amparo delante de él, sin mirarlo, sin mirar á nadie, mirando al suelo.
¡Yo respondo de que sabe que su adorado está allí, y de que, á hurtadillas, lo ha medido de pies á cabeza!
Él se figura que no.....
¡Como que está enamorado!
Un día de procesión la ha tenido Fidel enfrente de sus ojos, durante tres horas, en el balcón de unas amigas, emancipada, sin velo en cuerpo gentil, vestida de claro, movible contenta, sonriente.....—¡Qué transfiguración! ¡Qué liberalidad! ¡Qué tesoros! ¡Qué delicia!
Una vez, en la feria, se encontraron en una platería improvisada, y la oyó hablar de diamantes, perlas y rubíes.....—¡Qué voz! ¡Cuán diferente de todas las humanas!—Ni ¿de qué otra cosa podría hablar más que de joyas aquella inmortal princesa?
(En esto tenía razón.)
Finalmente: una noche volvía la joven de casa de una parienta enferma, con uno de sus insolentes hermanos.
Fidel los siguió en silencio muchas calles, embozado hasta los ojos.