No es mucho que la voz falte;
Que no hay flor que no me asombre,
No hay hoja que no me espante,
No hay piedra que no me admire,
Tronco que no me acobarde,
Peñasco que no me oprima,
Monte que no me amenace;
Porque todos son testigos
De una hazaña tan infame.
Saqué al fin la espada, y ella,