—No, ¿por qué? Ella misma reconoce que es la cosa más natural del mundo. La otra tarde me lo decía. Mamá está ya muy estropeada. Hace muy bien en no querer vivir conmigo; yo en su lugar haría lo propio.

—¡Pero esto es horrible!

—¡Qué quieres! Es la vida.

Y como si, en efecto, fuese aquello la cosa más natural del mundo, Castro cambió de conversación y siguió mostrando a Petrita las cocottes de moda. María Luisa, siempre joven, hermosa y fresca, como madona del Ticiano; Nati, irreflexiva y desenvuelta, graciosa y descarada, como chulilla madrileña. Isabel, la Alegría.

—De esa, Luis te puede dar detalles; ha sido novia suya.

Luis protestó.

—No es cierto; nada más que amiga, amiga nada más.

—Bien, como quieras; no discutamos —dijo Perico sin alterarse.

Y siguió mostrando mujeres. Pepita Cruz, la bella Pepita, la estrella de Romea, la reina de las sevillanas, y Maruja la de los ojos tristes y Julia la de las manos liliales, menudas, cuidadas, divinas, manos de Botticelli. Y en fin, escandalizando una platea, alegres, inquietas, nerviosas, como pájaros en jaula dorada, Mimi Pinson, Liane de Agni, Marie Duval, Lise Juvert, toda la troupe de danseuses, gommeuses, chanteuses, diseuses y demás acabadas en euses del Petit Salon.

—Mirad, mirad —interrumpió bruscamente Amalia mostrando a un muchacho pálido y ojeroso que en medio del salón pisoteaba furiosamente la chistera—. ¡Qué gracioso! Le ha dado la borrachera por proteger al sombrerero.