—Me he tomado la libertad de invitarle.
—Y ha hecho usted perfectamente. Entre usted, señor. Amalia, sirve a este caballero una copa de jerez; de jerez o de champagne; ¿prefiere usted champagne?
Mientras Amalia descorchaba la botella, Luis observaba disimuladamente al diputado. Era este hombre de unos cincuenta años, bajo de estatura, rechoncho de cuerpo, ojos expresivos y grandes bigotes a la borgoñona. Su carrera política no podía ser más brillante. Harto de arrastrar los tacones torcidos de sus botas por las redacciones de los periódicos y los pasillos del Congreso sin conseguir ganar una peseta, fue a parar un día por arte y poder de unas oposiciones a la notaría de un pueblo de la Mancha. Allí logró enamorar a la hija del cacique, una palurda bastante fea, pero cuyo padre era dueño absoluto y despótico de tres distritos. A los veintisiete años le eligieron diputado provincial, a los treinta, diputado a Cortes, a los treinta y cinco, gobernador civil, y a los cuarenta, director de Penales. Asegurábase que Silvela le había prometido una cartera en la primera crisis, cediendo a las imperiosas exigencias del cacique, quien cada vez más entusiasmado con los triunfos de su yerno, había hecho la cuestión de gabinete amenazando marcharse con Montero si no se le nombraba en seguida ministro. Pero esto, después de todo, no eran más que rumores.
El vals había terminado. Las máscaras abandonaban el salón cogidas del brazo de su pareja, materialmente colgadas, arrastrándose, dejándose llevar, fatigadas, sudorosas, con el tocado en desorden y las mejillas encendidas bajo el terciopelo de los antifaces. Los palcos desiertos momentos antes, se llenaron nuevamente de disfraces, alegres colorines que se destacaban en el fondo oscuro como flores en reja andaluza. Volvieron los confetti a caer en lluvia brillante sobre la alfombra y las serpentinas entrelazándose tejieron en el aire dibujos primorosos, frágiles techos que al menor movimiento se quebraban y caían en montones policromos. Se hablaba a gritos, a grandes voces, de grupo a grupo, de extremo a extremo, de palco a palco. La charla era cada vez más animada, los chistes más crudos, las bromas más atrevidas, las carcajadas más sonoras. A pesar de las severas prohibiciones de los carteles profusamente distribuidos en los sitios más visibles, centenares de cigarrillos elevaban sus espirales grises que enrarecían la atmósfera demasiado recargada ya de esencias y perfumes, una atmósfera acre, pesada, calurosa, que asfixiaba los pulmones y secaba las fauces.
De nuevo se escanciaron los vinos, los vinos alegres, los vinos dorados: manzanilla olorosa que quita las penas y montilla que aviva el ingenio y jerez que enciende la sangre y rubio champagne, ese vino que suena con estampido de fiesta al descorcharse y ríe después en las copas con blancas carcajadas de espuma.
—Está bien esto, ¿verdad?
—Sí, muy bien, muy bien, como nunca.
Y reclinándose sobre la barandilla pasearon la mirada curiosa por el salón entero. Las dos muchachas querían saberlo todo, averiguarlo todo, especialmente Petrita, la gatita de Angora, a quien los vistosos trajes de las grandes cocottes, sus peinados llamativos, sus adornos chillones, toda aquella confusión de telas y joyas, de relumbrón y de oropel, fascinaban sobremanera haciéndole abrir con admiración sus grandes ojazos de bebé. Castro contestaba amablemente a sus preguntas con la suficiencia del hombre que conoce de sobra el terreno que pisa, no concretándose a citar nombres y apodos, sino profundizando en intimidades, relatando aventuras, anécdotas e historias. Aquella rubia espléndida de la platea era Lola Guzmán, altiva, soñadora, eterna perseguidora de fantasmas, constante Margarita Gautier. Aparecía y desaparecía bruscamente de la vida galante como foco mal preparado que se enciende y se apaga, viviendo tan pronto en suntuosos hoteles como en altas buhardillas con pájaros y flores y amores tranquilos de poeta romántico, rápidas transiciones de la realidad al idealismo. Aquella otra del mantón de Manila era Paca Rey, cordobesa, bravía, generosa, con sangre moruna en las venas y pasiones de fiera en el alma. Aquella otra delgaducha, menuda de cuerpo, de ademanes nerviosos y actitudes desvergonzadas, que reía como una loca sentada a horcajadas sobre aquel caballero gordo, Rosarito, la hija de la célebre Rose d’Ivern, la que durante dos meses electrizó de terror al público de París, dejándose clavar alrededor de su cuerpo de estatua docena de puñales hasta que una noche al bárbaro de su marido se le fue la mano y le clavó uno de los cuchillos en el cuello, a dos centímetros de la yugular. La mujer tomó desde aquel momento horror al oficio, y aprovechándose de que al artista le habían metido en la cárcel, se fugó convaleciente apenas, con un comisionista alemán de aparatos higiénicos, Herr Schuffter, el mismo que dos años después estableció el magnifico almacén de bicicletas en la calle de Cádiz. Rose estaba también en el teatro, allí arriba en un palco segundo, hermosa todavía a pesar de sus cuarenta años, apetitosa aún con sus redondas carnes de jamona bien conservada y su pelo teñido de rubio. Aquel caballero escuálido y seco, de mirada tristona, que a su lado descorchaba una botella, era su amante, Jerónimo Ulzurrun, un vizcaíno millonario, mitad banquero, mitad prestamista, a quien la fiebre de lucro había aniquilado antes de tiempo, envejeciendo su cuerpo vigoroso y anulando su voluntad de hierro.
Y como Petrilla, siempre curiosa, pidiese más detalles, Castro los dio gustoso. Hasta hace poco tiempo habían vivido juntas madre e hija; pero como aquella observase que el banquero miraba a Rosarito con más que cariñosa complacencia, se deshizo de ella dejándola vivir por cuenta propia.
—¡Pobrecilla! ¿Estará desesperada?