—¡Claro! Si le conoce todo el mundo. Te presentaré. Es una bellísima persona. Verás.

Subieron. La puerta del palco estaba cerrada. Dentro se oían chillidos agudos, crujir de sedas y risas ahogadas. Perico llamó discretamente con los nudillos.

—¿Quién?

—Abra usted, don Juan, soy yo.

Abriose la puerta y apareció don Juan Sánchez Cortina arrellanado sobre el diván del antepalco, las piernas extendidas, el cabello en desorden, la corbata deshecha y el chaleco desabrochado.

—Entre usted, hombre, entre usted —exclamó sin moverse—; ¿dónde demonios ha ido? Hace media hora que le están a usted echando de menos estas chicas.

Y señalaba a las dos que con él había, un precioso pierrot de dieciocho a veinte años y un bebé blanco de raso y piel, una especie de gatita de Angora. Al divisar a Luis, se puso bruscamente en pie, avergonzado.

—Mi amigo don Luis Gener, periodista y escritor... Don Juan Sánchez Cortina, diputado a Cortes...

—Celebro tanto...

—Tengo mucho gusto...