—¡Toma! Si es Bedmar.

—¿Antoñito?

—El mismo.

—¡Qué borrachera tiene!

—Como siempre.

—¡Pobrecillo!

—¡Qué lástima de hombre!

Todos, incluso Sánchez Cortina, se desataron en frases compasivas. ¡Pobre muchacho! ¡Qué lástima de chico! Hubiera sido el primer poeta de España, de no existir el aguardiente. Pero el maldito vicio le tenía embrutecido, hecho una lástima. Así y todo escribía de cuando en cuando versos hermosísimos. Asegurábase que la culpa de su embrutecimiento la tenía una mujer, una tiple a quien conoció en el teatro de San Fernando, enamorándose tan locamente de ella, que de buenas a primeras resolvió casarse, con el consiguiente escándalo de la buena sociedad gaditana y el natural asombro del almirante Bedmar, padre de Antonio y capitán general del Departamento. El almirante no se anduvo en chiquitas; cogió al muchacho y le metió de grumete en un barco de guerra; pero el chico, que se encontraba en el periodo bruto del amor, a los veinte días de encierro se echó una noche al agua, ganó a nado la costa, y debajo de la banqueta de un coche de ferrocarril se plantó en Madrid, a uno de cuyos teatros había venido a trabajar su adorada. El general tomó la cosa por lo serio, y decidido a no tolerar más disgustos de aquel muñeco, le abandonó a su suerte, cerrándole todas las puertas y negándole toda clase de auxilios. Antoñito, que conocía el carácter de su padre, y sabía que nunca le perdonaría la trastada, se puso a trabajar con verdadero ahínco, y aquel mismo verano, gracias a las imposiciones de la tiple, estrenó en Eldorado una revista que alcanzó gran éxito. Tras la revista vino una zarzuela, tras la zarzuela un juguete en Lara, y tras el juguete un poema, poema en el cual se revelaba Antonio como artista verdaderamente genial, de inspiración y grandes vuelos. Dado el primer paso, los demás fueron serie continuada de triunfos. Todos los españoles aprendieron de memoria sus versos, los recitaron todos los labios, vibraron en todos los oídos. Bruscamente dejó de trabajar. En vano le pedían original, en vano le buscaban los periódicos, en vano le solicitaban los editores. Antoñito Bedmar no trabajaba. Veíasele de taberna en taberna, de colmado en colmado, sucio, desaliñado, borracho perdido. Elenita Samper habíale dejado; y él impotente para desterrarla de su corazón, se embrutecía lentamente buscando en el alcohol la dicha del olvido. De tarde en tarde, cuando el hambre le apretaba mucho, escribía una revista, una zarzuela, cualquier cosa que vendía por veinticinco o treinta duros, a veces para que otro la firmase. Poesías sueltas, escritas con lápiz, al dorso de un anuncio, sobre la mesa de un café; poesías cortas, crudas, nerviosas; esqueléticas, postreras notas de su corazón envenenado.

—¿Y Manolo? —preguntaron a un mismo tiempo Luis y Perico—, ¿dónde estará?

Manolo, por su parte, hacía media hora que andaba por el salón buscando a Luis.