—¿Y qué quiere usted que haga? —volvió a repetir Luis.

—Hombre, eso lo sabrá usted que conoce sus aptitudes mejor que yo. Hay mil caminos para un artista, la novela, el teatro, la tribuna...

Luis quedó pensativo.

—El teatro, sí..., ya había yo pensado en ello, el teatro grande, una gran comedia... ¡Pero es el público tan exigente! ¡Han variado tanto los tiempos! ¡Es tan difícil llegar hoy al corazón de la muchedumbre y conmoverle y hacerle sentir! En un espacio de quince años el público ha variado por completo. Antes era muy fácil hacer una comedia; con cuatro situaciones efectistas y cuatro frases ingeniosas, se lograba, si no el aplauso, por lo menos la benevolencia. Hoy es dificilísimo. El nivel de cultura se ha elevado mucho; no habrá genios, pero cualquier espectador tiene por lo menos tanto talento y tanta cultura como el autor de la obra que se representa.

—Sin embargo, el que no se arriesga no pasa la mar. ¿Que hay dificultades? Mejor; a mayor dificultad mayor triunfo.

—No, si le digo a usted que he pensado en ello y que intentaré hacerla, quizás antes de lo que usted supone. Lo importante es dar con un asunto; el asunto es el todo; porque, como antes decíamos, hoy no se puede hacer tonterías. Tal como yo concibo el teatro y el público, creo que no es posible llevar a la escena más que dos cosas: o un estudio psicológico o un gran problema; o coger un alma y exhibirla y desmenuzarla en todos sus afanes, y en todos sus secretos, y en todas sus tristezas y en todas sus alegrías, mostrando lo más íntimo, descendiendo a lo más pequeño, descubriendo lo más oculto, o un problema moderno, un problema social o moral, palpitante o sugestivo, que a todos nos interese y a todos nos importe.

Cuando al día siguiente se levantó Boncamí, encontró a su amigo trabajando afanosamente detrás del biombo.

—¡Demonio! ¿qué hace usted tan trabajador?

—¿Qué hago? Mi comedia, ¡caramba! Anoche en la cama di con el asunto.

—Muy bien, me parece muy bien. Y ¿qué es ello? ¿El estudio del alma o el gran problema?