—¡Ea, ya tenemos dinero! ¡Veinte duros! ¡Se ha salvado la situación! ¡Viva Isabelilla!

—¡Cómo! ¿Se los ha dado a usted?

—A las primeras de cambio. Le dije que no tenía usted una peseta, y que por delicadeza no se atrevía usted a pedírsela. No me dejó acabar. Es una mujer simpatiquísima y bonita, ¡canastos!, una maravilla; no sabía yo que se trataba usted con hembras tan hermosas. Bueno; ahora es necesario que celebremos consejo de ministros; es preciso aprobar la distribución de fondos del mes: no nos vaya a suceder otro fracaso dentro de ocho días. Porque yo, al paso que vamos, no sé cuándo voy a terminar el dichoso trabajo de Rose. Ya ve usted, hace tres días que no viene al estudio...

Después, ya en el terreno de las confianzas, se atrevió a preguntar a Gener qué proyectos tenía para el porvenir.

—Pues, no sé..., todavía ninguno. Aceptar lo que caiga... Por lo pronto, confío en el periódico de Sánchez Cortina.

—¡Oh, no confíe usted en eso! Sabe Dios cuándo saldrá. Desde luego puedo asegurarle que se ha desistido de que sea rotativo; se tirará en máquina plana, ¡y gracias! Todo aquello de la información telegráfica, de los corresponsales propios, se ha desvanecido; Fabra y Mencheta. A juzgar por todo ello, hay que suponer que los sueldos no serán sobrados. De manera que si no cuenta usted con otros recursos...

—Bedmar ha ofrecido publicarme en La Abeja un trabajo semanal.

—Quince pesetas; tres por cuatro, doce duros al mes. Tampoco lo creo solución.

—¿Y qué quiere usted que haga?

—¡Canastos! Qué sé yo..., algo más importante, algo que dé dinero y al mismo tiempo gloria. A usted le sobran talento y energías para acometer empresas de mayor fuste; no lo digo por halagarle, no; ya sabe usted que yo para estas cosas soy muy franco. Usted es de los que tienen condiciones para llegar; si no llega usted, será por pereza o por holgazanería.